Lo que la Palabra nos enseña
El Salmo 20 se cantaba antes de una batalla, cuando el rey salía a pelear y el pueblo oraba por él. No dice que los carros y los caballos no sirvan de nada; en aquella época eran, literalmente, la tecnología militar más avanzada que existía. Lo que dice es dónde está puesta la confianza: «estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria» (Salmos 20:7).
Dos mil novecientos millones de millones de dólares son muchos carros. Y el dato más elocuente de este informe no es ninguna de las cifras nacionales, sino que sean once años seguidos de aumento: cada país gasta más porque el vecino gastó más, y así ninguno queda más seguro que al principio. Proverbios lo resumió antes que cualquier analista: el caballo se apareja para el día de la batalla, pero la victoria no la da el caballo (Proverbios 21:31).
Santiago fue a la raíz y no la puso en la geopolítica: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones?» (Santiago 4:1). Ningún tratado desarma el corazón. Por eso el desarme que anuncia Isaías —espadas convertidas en arados, lanzas en hoces— no lo firman las naciones en una cumbre: lo trae el Rey cuando venga a reinar (Isaías 2:4).
Mientras tanto quedan dos deberes que no son contradictorios. Orar por los gobernantes, «para que vivamos quieta y reposadamente» (1 Timoteo 2:2), incluso por aquellos cuyas decisiones nos parecen equivocadas. Y no dejarnos arrastrar por el entusiasmo bélico de ningún bando: al cristiano no se le llama a hinchar por un ejército, sino a ser pacificador, y esa bienaventuranza no tiene bandera (Mateo 5:9).