Lo que la Palabra nos enseña
Jesús habló de esto sentado en el monte de los Olivos, y lo primero que dijo no fue una predicción sino un mandato: «mirad que no os turbéis» (Mateo 24:6). El cristiano que lee esta cronología no está llamado a la angustia ni al cálculo febril de fechas, sino a la serenidad de quien sabe quién gobierna la historia.
Lo segundo que dijo fue una advertencia contra la prisa: «aún no es el fin». Cada generación ha creído que sus guerras eran las últimas. Ocho conflictos en cuatro años son motivo de dolor y de oración, no de anuncios apresurados que la Escritura misma no autoriza a hacer: «pero del día y la hora nadie sabe» (Mateo 24:36).
Hay un tercer llamado, y es el más incómodo. Detrás de cada cifra de este informe hay familias: una madre en Jartum que camina días buscando comida, un niño en Gaza que no recuerda un solo día sin bombardeos, una abuela ucraniana que envejece lejos de su casa, una nieta de catorce meses en Teherán. La Palabra nos manda orar «por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» (1 Timoteo 2:2), y nos declara bienaventurados no cuando acertamos el bando, sino cuando trabajamos por la paz: «Bienaventurados los pacificadores» (Mateo 5:9).
Mientras los hombres quiebran la paz, Dios sigue siendo el único que la restituye: «Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra» (Salmos 46:9). Ese salmo empieza declarando que Él es «nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones», y termina con una orden que resume la actitud correcta ante todo lo que aquí se ha narrado: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios» (Salmos 46:10).