Lo que la Palabra nos enseña
Daniel anunció que en el tiempo del fin «muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará» (Daniel 12:4). Lo estamos viendo, y la primera respuesta cristiana no es el miedo sino la adoración: cada uno de estos seis avances existe porque el cuerpo humano resultó ser más admirable de lo que suponíamos. Nadie inventó que una neurona pueda conversar con un electrodo; alguien lo encontró. Y quien encuentra, encuentra algo que otro puso allí (Salmos 139:14).
Hay que decir además lo bueno con nombre propio. Un hombre con parálisis total que vuelve a manejar una computadora ha recuperado algo que ninguna consideración teológica debería empañar. La medicina que devuelve autonomía es un don, y Jesús pasó su ministerio sanando cuerpos.
Sobre los chips y la marca
Ahora la pregunta que muchos hermanos harán al leer esto, y que sería deshonesto esquivar: ¿es esto la marca de Apocalipsis 13, que se pone «en la mano derecha, o en la frente»?
La respuesta honesta es que **no lo sabemos, y que el texto no nos autoriza a afirmarlo**. Conviene leer con cuidado lo que Juan escribió. La marca no aparece descrita como una tecnología, sino como una señal de lealtad: va unida a adorar a la bestia y a su imagen, es decir, a un acto deliberado de culto. En el libro es lo opuesto exacto del sello de Dios sobre los suyos. Un chip que abre la puerta de una oficina no pide adoración a nadie, y nadie lo recibe renunciando a Cristo.
Eso no significa que la advertencia sea irrelevante. El principio que denuncia Apocalipsis 13 sí está sobre la mesa: un sistema que condicione poder comprar y vender a someterse a un poder que exige lo que solo a Dios se le debe. Ese peligro no depende de que la tecnología esté bajo la piel o en el bolsillo; con el teléfono que llevamos encima ya se puede hacer casi todo eso.
Por eso conviene la advertencia de Jesús: «del día y la hora nadie sabe» (Mateo 24:36). Cada generación creyó reconocer la marca en la tecnología de su tiempo —el código de barras, la tarjeta de crédito, el documento de identidad—, y cada una se equivocó. Equivocarse en esto no es inocuo: gasta la credibilidad de la iglesia y asusta a los hermanos con anuncios que después no se cumplen.
La vigilancia que la Escritura pide no consiste en identificar el aparato, sino en no vender la lealtad. Un cristiano atento a estos días no es el que revisa si el chip mide once milímetros, sino el que sabe de quién es y a quién le pertenece, y no lo negociará —ni por comprar, ni por vender, ni por comodidad.